MUERTES PEQUEÑAS PRESENCIA INFINITA

Pequeñas muertes / Presencia infinita

Silencio y sonido (meditación guiada)

Un momento de introspección guiada que invita a estar en presencia a través de un ejercicio que conecta a las personas con el silencio.

Vida diaria

En los días comunes, el estado de quietud resulta casi imposible de experimentar. El movimiento constante de las tareas cotidianas no nos permite hacer pausas que alimenten y decanten la sobrecarga de información visual, auditiva y sensorial que recibimos a través de las redes, el trabajo y la necesidad de sentir que “hacer” nos otorga valor frente a la sociedad.

Por esta razón, el control se convierte en el sofisma de un supuesto estado de seguridad en la vida diaria. Aun sabiendo que la vida es impredecible, cada movimiento, acción o representación del ser está sujeta a la impermanencia y al cambio continuo. Nuestra mente —y nuestra necesidad de encontrar zonas que nos hagan sentir a salvo— se activa constantemente hacia el futuro o el pasado, hacia la urgencia de saber qué ocurre o qué ocurrirá en nuestro mundo y en el de quienes amamos.

A esto se suman las cargas heredadas de nuestros antepasados, la historia que llevamos de generación en generación y que nos hace responsables y partícipes de un legado que, muchas veces, nos abruma. Esa herencia puede nublar nuestra percepción de las experiencias que nos invitan al crecimiento y a la observación personal, y suele manifestarse en una emoción persistente: la culpaA esto se suman las cargas heredadas de nuestros antepasados, la historia que llevamos de generación en generación y que nos hace responsables y partícipes de un legado que, muchas veces, nos abruma. Esa herencia puede nublar nuestra percepción de las experiencias que nos invitan al crecimiento y a la observación personal, y suele manifestarse en una emoción persistente: la culpa

Hablar de la muerte me inquieta profundamente, como sé que también lo hace con ustedes. La muerte es un territorio desconocido en esta realidad, un tránsito que sabemos inevitable pero que al mismo tiempo nos impulsa a sentirnos vivos, a experimentar cada paso con intensidad y a dotar de sentido vital nuestros días. Con frecuencia intentamos comprenderla a través de teorías aceptables o explicaciones sobre la no existencia, pero sigue siendo algo que escapa por completo a nuestro control.

Por eso hablo del control como base fundamental de esta conversación que hoy nos reúne: para observar juntos mis miedos y los suyos frente a un tema que es inherente a nuestro ser.

En realidad, el control no nos protege de la muerte. Por el contrario, nos conduce a experimentar lo que reconozco profundamente como ansiedad y depresión. Por esta razón decidí realizar esta charla.

La ansiedad y la depresión son dolores constantes que surgen cuando todo aquello que creíamos controlar se sale de nuestras manos. La vida se vuelve confusa, la mente se dispersa hasta el punto de perder la capacidad de concentrarnos o decidir sobre aspectos básicos de nuestro día a día. Este estado afecta profundamente nuestro sistema nervioso y nuestras emociones, hasta el punto de que el cuerpo colapsa y “muere” de manera simbólica para luego renacer, una y otra vez.

 Muertes continuas

Aquí quiero hablarles de por qué las “muertes continuas” forman parte de la experiencia de la ansiedad y la depresión. Ya abordamos un tema crucial —el control—, que nos conduce a estados de inestabilidad y, por ende, a la ausencia de zonas seguras donde encontrar paz.

El estado de descontrol puede llegar a ser tan profundo que, para poder sanar y salir de una crisis de ansiedad o depresión, es necesario morir. Sí, morir: morir a las sensaciones que generaron la angustia y el dolor desbordado del instante anterior; respirar profundamente y seguir adelante con la firme convicción de entregar ese momento. Este proceso puede traer consigo llanto, tristeza o desconsuelo: la despedida de aquello que dábamos por cierto en nuestro interior. Y es ahí donde el renacer aparece como una luz en medio de la oscuridad más profunda.

Tal vez se pregunten: “¿Morir? ¿Renacer? ¡Pero si la persona sigue viva!”. Y hoy quiero ser completamente sincera: no lo está del todo. Esa persona, en cierto sentido, está “muerta en vida”. Allí se conjugan la ansiedad y la depresión: en el llanto inconsolable por la muerte continua de un ser que deja atrás sus ideas preconcebidas, sus acciones pasadas —que alguna vez le sirvieron para afrontar la realidad cotidiana pero que hoy resultan obsoletas—, en un duelo inevitable y presente que solo puede transformarse con fe y esperanza. Estas se manifiestan a través de herramientas como comunicar el sentir, buscar ayuda, aceptar a ese nuevo ser que emerge y agradecer, incluso en medio de las circunstancias adversas.

Despertares conscientes

En una vida imperfecta, cambiante e imprevisible que nos llena de dudas e inquietudes, cabe preguntarnos: ¿qué podemos hacer? La respuesta es despertar de la inconsciencia en la que nos sumerge la existencia cuando cargamos con el peso de perfeccionismos extremos, impulsados por el miedo constante a no ser suficientes o adecuados para una sociedad veloz y desechable. Una sociedad que basa su inspiración en lo mediático, en los “likes”, en los sueños ajenos y en un mundo ideal que no guarda conexión alguna con nuestra condición humana: seres de carne y hueso que morirán en el lugar y momento que su alma disponga.

La presencia, en sí misma, es un despertar. Estar en el aquí y el ahora, amanecer y agradecer por estar vivos un día más, un instante más. Todos vinimos a este planeta con un propósito. También podemos optar por vivir dormidos y no despertar a la conciencia; esa es una decisión personal, profundamente conectada con el plan del alma de cada uno.

 ¿Cómo acercarnos a ese despertar consciente?

Abriéndonos a la experiencia del corazón. Cultivando el amor incondicional hacia nosotros mismos, sin importar el estado en el que nos encontremos. Agradeciendo, aceptando y permitiendo el desarrollo y la conexión con el ser que somos. Y, por último —aunque no menos importante—, compartiendo una experiencia sincera de la vida. Me gustaría hablarles de la muerte con palabras llenas de conocimiento y experticia, pero me es imposible. Sé que cada vez que dormimos nos acercamos a esa experiencia que todos, sin excepción, tendremos que atravesar. También sé que cada vez que cambiamos, morimos a ese ser que ya no somos. Y, por último, quisiera expresarles que podemos reinventarnos cada día para florecer, encontrar un sentido claro de existencia y trascender de manera consciente hacia otros universos que danzan en la esencia infinita del cosmos.

Un abrazo y mi gratitud,

 Mónica Fuquen

Octubre 7 de 2025

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